viernes, 9 de marzo de 2012

Un instante es la eternidad

Uno de los grandes males de nuestra sociedad, producto del sistema educativo, es que hemos perdido en gran parte el sentido de comunidad. Nuestras propias necesidades y deseos se han vuelto más importantes que el colectivo. Olvidamos nuestras responsabilidades con lo que nos rodea, y eso es perder conciencia y perspectiva. De esa forma, nuestras decisiones son limitadas, nos falta visión integral, vivimos en ausencia de conexión con la fuente, con nuestro verdadero ser. Las consecuencias son terribles. Bueno, de hecho las estamos padeciendo. En nuestro entorno de la Unión Europea no padecemos guerras propiamente dichas, pero la realidad es que estamos en otro tipo de contienda mucho más trascendente.: la lucha por detener la destrucción imparable de la vida. Es la guerra de la conciencia.

Solo somos conscientes de esto cuando percibimos desde el corazón nuestra fragilidad, que es a la vez nuestra fortaleza. Es entonces cuando sentimos nuestra conexión profunda, no sólo con aquello que queremos y amamos, sino con todo lo que nos rodea. Esta mañana he visitado a un amigo muy querido que está atravesando una grave enfermedad. Mirándole, hablando con él, abrazándole, he sido consciente de nuevo de que nada (o casi nada) de lo que creemos importante en nuestra rutina diaria realmente lo es. Creencias, hábitos, juicios, reacciones mecánicas, incongruentes casi todas con lo que de verdad importa.

No hay realmente nada separado fuera de la vida, fuera de la conciencia; no hay espacio ni tiempo, todo son construcciones de la mente.

Es importante analizar cómo la política, el “sistema”, nos ha alejado de esa base esencial; cómo nos ha desplazado a una actitud basada en el ego. Por eso llegué hace tiempo a la conclusión de que es indiferente quién gane las elecciones y quién nos gobierne. El espectáculo político recuerda a un partido de fútbol en el que cada uno se pone la camiseta de su equipo, y una vez puesta mantiene erre que erre un compromiso firme y ciego con lo que esa vestimenta dice y representa. ¿Dónde está escrito que debamos definirnos con etiquetas ideológicas o nacionales?

La ideología y la identidad, son un apego de nuestro ego a posiciones, sentimientos, emociones, fragmentadas y excluyentes. Suponen juicio, apriorismo; lo contrario a evolución y creatividad. Y cuidado!, ninguno de nosotros está exento de este tipo de pensamiento. Forma parte de nuestra condición humana. Por eso es bueno reconocernos como seres imperfectos. Y adquirir conciencia, asumir la responsabilidad, personal y colectiva.

A menudo se dice por parte de algunos periodistas y opinadores que “necesitamos nuevos liderazgos”. Tengo la convicción de que los verdaderos líderes no necesitan ejercer el poder, y asumen su imperfección, conocen sus limitaciones y trabajan humildemente desde ellas. Saben que sólo en la medida en que uno se muestra auténtico es fuerte y está exento de juzgar y condenar.

Mi querido amigo enfermo es una persona sencilla, un héroe anónimo. No tiene la áurea del poder, pero tiene la fuerza de la dignidad. El viaje de la vida exige abrazar luz y oscuridad. Pero lo más importante es hacerlo con dignidad y amor incondicional. Un instante es la eternidad. Hoy he vivido toda la historia en unos minutos con mi amigo.

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