Esta crisis no la van a arreglar los políticos, ni los gobiernos,
sino la sociedad civil; y en especial los emprendedores, los líderes empresariales
y sociales que comprendan que las organizaciones están formadas por personas
cuyo problema va más allá de esas estructuras de trabajo. Observando el
panorama político en estos momentos tan difíciles para mucha gente, podemos
darnos cuenta de que mientras el entorno cambia día a día a enorme velocidad,
la “clase política” (nunca mejor dicho) sigue anclada en su limitada y parcial
perspectiva de análisis y decisión. Es algo que cuesta entender y tiene
consecuencias graves, ya que los problemas actuales son mucho más acuciantes
que en cualquier otro momento de los últimos cincuenta años. Por eso, pienso
que al final los problemas van a resolverse por la presión de la sociedad sobre
un “establishment” anquilosado en viejas formas de pensar y en la defensa del
sistema. Las nuevas formas de vivir que se avecinan requieren de nuevas maneras
de ejercer la política, en las que será clave la aportación de personas y
grupos concienciados y comprometidos, que ahora están desconectados pero que
tienen clara la necesidad de implicarse en los asuntos de todos. Ese paso
adelante, esa unión necesaria, integrará a la vez la preocupación y la acción
social, e irá más allá de la política integrando la conciencia.
A mi entender, a ese nuevo escenario no se llegará, por
supuesto, como consecuencia de las medidas que están tomando actualmente los
gobiernos. La mera reforma de las estructuras políticas y económicas, no sirve
para nada sin la transformación de las personas. En su imprescindible “L’esperit
de la política”, Raimon Panikkar trata el concepto de “lo metapolítico”
como una dimensión del ser humano en la que se unen política y espiritualidad,
como un compromiso proactivo y consciente de luchar por la mejora de la
sociedad.
Sería muy conveniente que de vez en cuando nos tomáramos
una de esas “pastillas contra el dolor ajeno” que se venden en las farmacias, y
reflexionáramos sobre qué clase de mundo hemos creado. Como decía Ernst
Friedrich Schumacher en “Lo pequeño es hermoso”, se ha llegado a un
punto en que debemos buscar la forma de “maximizar las satisfacciones humanas
por medio de un modelo óptimo de consumo, en lugar de maximizar el consumo por
medio de un modelo óptimo de producción”. Todo ello debe llevarnos a la
decisión de iniciar una verdadera transformación individual, que nos haga
asumir la responsabilidad sobre nuestro futuro personal y colectivo. Seremos
responsables del mundo que dejemos a los que vengan después. Fomentemos la
audacia, pero dejemos de buscar la evasión fácil y vacía.
Cambiemos nuestros patrones de comportamiento, dejando de
compararnos con los demás y asumiendo que la batalla está en nuestro interior.
La lucha es con nosotros mismos.
La tarea de toda persona es convertirse en la mejor
versión de sí mismo. José García no debe intentar ser como Albert Einstein, o
como Barack Obama, o como ningún otro personaje importante. Debe llegar a ser
el mejor José García posible. En definitiva, se trata de hacer posible y
natural lo que la mística lleva siglos diciendo: que las personas son
depositarias de un gran poder transformador, y que ese potencial humano debe
ser su decisión desarrollarlo, en lugar de cederlo a instituciones políticas,
económicas o religiosas, tan temporales y tan poco humanas.
Si nuestras vidas nos parecen pobres, nuestras sociedades
lo serán también, y no deberemos acusar a nadie por ello. Decía al principio
que la salida a la crisis en la que estamos dependerá de que los líderes
empresariales y sociales perciban el mundo y la realidad en el que estamos
desde otra perspectiva. La gente pasa demasiado tiempo en organizaciones e
instituciones que no fomentan ni apoyan el desarrollo de su potencial personal.
Entender ésto será la verdadera fuerza impulsora hacia un futuro mejor; mucho
más que una buena gestión financiera, desarrollar buenos productos, tener
muchos beneficios o cualquiera otra ratio que se use para medir el éxito. Sin
esa transformación que nos haga capaces de dar lo mejor como individuos, todo
éxito será pasajero, todo plan inútil. El elemento común que subyace en todos
los problemas y las crisis que ha debido afrontar la humanidad desde su origen,
es el comportamiento humano. La solución, por tanto, no es política, ni
económica, sino el cambio de nuestro comportamiento individual y colectivo. Lo
bueno es que sólo cada uno de nosotros tenemos control sobre eso. Es cuestión
de comprometerse, cada uno en la realidad de su ámbito. Cada idea, cada
decisión, cada acción, importa. Es el verdadero desafío.

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