Einstein decía que sin crisis no
hay desafíos, y sin desafíos la vida es una rutina. Es ahí cuando puede surgir
lo mejor de nosotros mismos, porque la lucha de la vida no es sino contra
nosotros mismos. Se trata de crecer paso a paso, día a día. Sólo en el
conflicto, en la angustia, seremos capaces de comprender nuestro verdadero
lugar en el universo; cuando nos cuestionamos, nos preguntamos y nos
respondemos con toda la trascendencia de la que somos capaces.
Los seres humanos tenemos
sorprendentes capacidades, pero la paradoja es que no podemos expresarlas sin
el reto que surge del dolor, cuando el sinsentido nos hace dudar de todo, sobre
todo de un sistema que nos ha enseñado a ser obedientes y a estar quietos. ¡Qué
gran paradoja la humana! Tenemos un cerebro con un potencial enorme, capaz de
auto trascendernos, y a la vez nos encorsetamos en creencias que nos limitan
viviendo la vida de otros. Somos a la vez capaces de dar saltos evolutivos
enormes y de seguir el camino del no vivir que nos viene marcado.
La actual situación tiene de
bueno que muy probablemente alterará nuestra forma de percibir el mundo y
nuestra propia realidad. Veremos que para que las cosas funcionen, no es tan
importante el “sistema” como nuestra forma de actuar conscientemente. La
libertad tiene significado si somos libres “para algo” y no sólo libres “de
algo”. Es nuestra capacidad de actuar lo que nos da poder. Y ese poder proviene
de nuestro centro interior, no de factores externos; es un derecho que nos
pertenece por haber nacido.
Ése es el sentido que debemos
darle a las crisis: una oportunidad de reinventarnos para crecer.
La democracia no es un solamente
un “sistema” político, sino un estado interior, de cada persona. De nuestra
propia evolución individual y de nuestra capacidad de asumir responsabilidad,
dependerá que el mundo sane. Con una forma de pensar diferente actuaremos de
otra manera, no reaccionando ni simplemente obedeciendo, sino respondiendo
percibiendo todas las posibilidades. Entonces seremos capaces de cambiar las
tres relaciones esenciales de la existencia humana: con nosotros mismos, con
los demás y con el mundo. Nuestros patrones cambian porque nuestras necesidades
lo hacen también. Nuestro centro interior se convierte en la referencia, con lo
que nuestra percepción se clarifica, se vuelve congruente y aprecia lo que
realmente queremos para nuestra vida.
Enlazo con lo que decía
principio: nada de lo que sucede es ajeno a nosotros. La “crisis”, como la
economía o la política, está sujeta a percepciones, a propaganda y a mentiras.
Podemos pensar y creer lo que queramos, pero lo más positivo es centrarnos en
aquello que podamos hacer de la manera más congruente y, en palabras de
Einstein, “Vamos a tener que pensar de una manera esencialmente nueva si
queremos que la humanidad sobreviva y ascienda a niveles más elevados”.
El primer paso es que nos
respondamos a la pregunta básica de “¿Quiénes somos?”
Sin entender quiénes somos y de
dónde venimos, difícilmente avanzaremos de verdad. Los nuevos conocimientos que
la ciencia nos ha aportado no dicen que hasta ahora hemos partido de ideas
equivocadas al respondernos a esa pregunta. Estamos en una crisis múltiple que
amenaza el futuro de la humanidad de una forma sin precedentes, y necesitamos
de ese nuevo conocimiento para ser capaces de atender mejor a cada una de nuestras
crisis individuales; estableciendo nuevas asociaciones basadas en una
percepción distinta de la realidad, en la fe en la ayuda mutua y la
cooperación, en la ausencia de miedo y de juicio, en asumir nuestra
responsabilidad.
¿Qué valores elegiremos? ¿Qué
legado dejaremos? No tendremos que esperar mucho para averiguarlo.
(Escena de la maravillosa película "Ahora o Nunca", de 2007: No esperes al final para hacerte las preguntas clave en tu vida)
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