¿Cómo
participar de los asuntos que a todos nos interesan si ya no crees en este
sistema, si el único canal a través del cual se permite la participación en lo
público, los partidos políticos, son organizaciones perversas, deshumanizadas y
sin conciencia?
La pregunta clave es:
¿Debe participar uno del sistema para cambiarlo? ¿O, por el contrario, hay que
intentar la transformación desde fuera?
A mi entender, la
evolución y el progreso de una sociedad sólo son posibles a partir del
cambio individual y una conciencia ética que traigan consigo una sociedad civil
fuerte y responsable.
¿Se llega a esto desde
el sistema? No lo pongo en duda, pero no es desde luego mi opción, después de
haber conocido la política desde dentro de forma intensa. Lamentablemente, esta
democracia (el funesto “Fin de la Historia” proclamado por Fukuyama en frase
desafortunada) se ha convertido en un complejo juego de egos, que crea en la
gente la ilusión de que participa en elegir el futuro de todos, pero en el que, en
realidad, sólo elegimos a uno entre los que interesan a quien realmente tiene el
poder. Una democracia ésta que es pura fachada; en la que cada vez se manipula
más a más gente por un poder concentrado cada vez en menos manos. A ésta
situación se ha llegado con la ayuda de un sistema educativo (la clave de
todo), que ha formado a generaciones enteras en la creencia de que hemos de mirar
sólo por nosotros mismos; de que estamos separados de los demás y de lo que nos
rodea; un sistema que nos ha programado y condicionado para analizar y juzgar, que no nos
ha enseñado a responder conscientemente sino a reaccionar en función de la
información recibida e implantada.
Toda esta crisis es un
gran engaño, una estafa; no solamente económica, sino moral, en la que se nos
introduce diariamente miedo para manipularnos con mayor facilidad. Diariamente
recibimos, en cascada, noticias negativas; sabemos de hechos trágicos, y parece
que nadie se para a pensar en porqué sucede esto. La mayoría lo acepta como
algo normal, llegamos a creer que éste es el mundo en el que vivimos, y el
miedo nos hace perder la capacidad de asombro, de cambio, somos incapaces de
ejercer el poder de elegir algo diferente.
Los voceros del
sistema nos dicen que no es momento de soñar, que hay que ser “realista”.
Y, ¿qué es ser
realista? ¿Aceptar la mediocridad, la que predomina en los partidos políticos y
en la vida pública en general, al servicio del sistema? ¿Vivir en la
resignación, en el fracaso de no intentar la realización personal? ¿No tomar la
responsabilidad de dirigir nuestro destino?
A mi entender, sólo
desde fuera se puede cambiar este estado de cosas. En un momento determinado,
personalmente abandoné un cargo de responsabilidad en un partido político
importante, y tomé la decisión (errónea vista en perspectiva), de intentar
cambiar las cosas a través de otro partido, éste pequeño, de ámbito municipal.
Fue una equivocación producto del ego. Nada cambia si no cambias tú primero. El
único camino para la transformación es la unión de todos los corazones de buena
voluntad en un crecimiento de conciencia. Y ahí no valen los liderazgos
jerárquicos, ni las estructuras de partido. Es una expansión personal que acaba
desembocando en el mar común del amor. Y el campo de trabajo es personal, o en
pequeños grupos y redes que acaban conectando a modo de células para un
proyecto común. En el universo, en éste estadio evolutivo, no es posible la
competencia, porque no conduce a nada.
Tampoco en política,
por mucho que uno diga que participa en el juego para cambiar las reglas. El
fin es el camino, la experiencia. Si el camino elegido está regido por los
valores de siempre, el resultado será el de siempre, aunque prediquemos lo
contrario. No valen los discursos, ni las acciones puntuales, sino las
conductas sostenidas, aquellas verdaderamente fundamentadas en otro nivel de
conciencia y en una perspectiva más amplia. Lo
importante en política no es la acción, local y temporal, sino la
transformación, de efecto global y permanente en el tiempo.
Hay que romper el
ciclo, y desde un partido no se consigue. El
juego actual no vale, porque ganar siempre excluye inevitablemente al otro.
El único liderazgo
válido es el que sirve al otro, el que “incluye” todo y a todos, el que trabaja
y piensa a través del corazón, el que trata de establecer una diferencia en
cada acción en beneficio de todos, el que logra la “síntesis”.
Me refería antes a Fukuyama, quién anunció el triunfo definitivo del capitalismo sobre el socialismo. Pero lo cierto es que tras la caída del Muro el capitalismo ha mostrado su cara más perversa, sin contrapeso, sin un espejo en que ver sus excesos. El comunismo había sacrificado la libertad en nombre de una teórica igualdad. El capitalismo ha sacrificado la igualdad en aras de una pretendida libertad. Y ahora este sistema también se hunde. Hay que buscar una síntesis. Y hemos de construirla, puesto que la esencia está en nosotros. Todo está inventado menos nosotros mismos. Podemos proyectar un mundo mejor si cambiamos la conciencia, acabando con la idea que la educación actual nos introduce de que “no hay nada que hacer”. Pero lo que hagamos debe originarse en el amor y la creatividad, desde el sentido más profundo de humanidad.
Me refería antes a Fukuyama, quién anunció el triunfo definitivo del capitalismo sobre el socialismo. Pero lo cierto es que tras la caída del Muro el capitalismo ha mostrado su cara más perversa, sin contrapeso, sin un espejo en que ver sus excesos. El comunismo había sacrificado la libertad en nombre de una teórica igualdad. El capitalismo ha sacrificado la igualdad en aras de una pretendida libertad. Y ahora este sistema también se hunde. Hay que buscar una síntesis. Y hemos de construirla, puesto que la esencia está en nosotros. Todo está inventado menos nosotros mismos. Podemos proyectar un mundo mejor si cambiamos la conciencia, acabando con la idea que la educación actual nos introduce de que “no hay nada que hacer”. Pero lo que hagamos debe originarse en el amor y la creatividad, desde el sentido más profundo de humanidad.
Dice Maturana, en una
afirmación que comparto, que "es inevitable la sustitución del liderazgo como forma
de gestionar las organizaciones, porque vivimos en una época en que los seres
humanos sabemos lo que sabemos que sabemos y entendemos lo que entendemos que entendemos",
lo que nos lleva a una reflexión ética en la que no podemos escapar de la
conciencia y de la responsabilidad de nuestras conductas.
No nos sirven ya las estructuras tradicionales de poder. Estamos en la era del entendimiento, en la que lo fundamental no es la organización en sí, sino tener la perspectiva adecuada que nos permita cambiar la manera de pensar y por tanto de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo.
No nos sirven ya las estructuras tradicionales de poder. Estamos en la era del entendimiento, en la que lo fundamental no es la organización en sí, sino tener la perspectiva adecuada que nos permita cambiar la manera de pensar y por tanto de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo.
La verdad es que cada día me siento más
“Ciudadano del Universo”, convencido de que todos somos iguales,
independientemente de cómo nos percibamos en función de nuestras creencias.
Y tenemos una primera responsabilidad: la de cooperar entre todos para llevar a cabo una transformación que nos facilite llegar a una sociedad más humana y bondadosa. Necesitamos inspirar y potenciar ese cambio personal y colectivo (en términos de humanidad). Es posible conseguirlo. La esperanza, la inspiración, el amor transforman la vida de las personas. Eso es difícil hacerlo desde los partidos políticos. Hay que hacerlo desde la educación y a través de iniciativas de pequeños grupos al margen de la política establecida que, en forma de redes, trabajen para empujar a las estructuras de poder político y económico al cambio necesario, curando la fractura emocional actual producto de que sentimientos, pensamientos y acciones van por caminos diferentes, lo que nos causa un gran sufrimiento. Y es que toda la energía que no dediquemos a dar o a crear, a la larga se convierte en destructiva.
Y tenemos una primera responsabilidad: la de cooperar entre todos para llevar a cabo una transformación que nos facilite llegar a una sociedad más humana y bondadosa. Necesitamos inspirar y potenciar ese cambio personal y colectivo (en términos de humanidad). Es posible conseguirlo. La esperanza, la inspiración, el amor transforman la vida de las personas. Eso es difícil hacerlo desde los partidos políticos. Hay que hacerlo desde la educación y a través de iniciativas de pequeños grupos al margen de la política establecida que, en forma de redes, trabajen para empujar a las estructuras de poder político y económico al cambio necesario, curando la fractura emocional actual producto de que sentimientos, pensamientos y acciones van por caminos diferentes, lo que nos causa un gran sufrimiento. Y es que toda la energía que no dediquemos a dar o a crear, a la larga se convierte en destructiva.
En definitiva, podemos
elegir ser parte de la solución o del problema. Si seguimos actuando como
siempre, si no nos responsabilizamos, si no seguimos nuestros valores básicos,
si no somos congruentes, formaremos parte del problema; porque es fácil luchar
por unos principios, pero no lo es tanto vivir de acuerdo con ellos.
La Declaración de
Independencia escrita por Jefferson dice: “Sostenemos como evidentes por sí
mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son
dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están
la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos
derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes
legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma
de gobierno se vuelva destructora de estos principios, el pueblo tiene derecho
a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que base sus cimientos
en dichos principios, y que organice sus poderes en forma tal que a ellos les
parezca más probable que genere seguridad y libertad…….”.
Analizando nuestro
mundo actual, y las noticias que se van generando día a día, ¿podríamos decir
que nuestros dirigentes actúan con la visión, la integridad y la capacidad
necesaria para generar un cambio positivo en el mundo en términos de evolución
humana? En mi opinión, no. Por fortuna, y por primera vez en la historia de la
humanidad, la posibilidad de aprovechar las oportunidades para un cambio
positivo no se limita a aquellos que ostentar el poder económico y político,
sino que está en manos de todos. Para hacerlo posible hemos de tener a nivel personal
un propósito y un compromiso con la mejora del mundo; hemos de ir más allá de
nuestras creencias actuales, expandiendo la conciencia con la voluntad de
servir a la humanidad; hemos de liberarnos de nuestros miedos y abrirnos a los
cambios; centrarnos en nuestra esencia que nos une como un todo a los demás;
debemos vivir en la Verdad, y ser conscientes de que en cada pensamiento, en
cada decisión, en cada acción, estamos decidiendo el presente y el futuro de
todos, las generaciones actuales y las futuras. ¿Qué legado queremos dejar al
mundo de nuestro paso por la vida? ¿Cómo queremos ser recordados por aquellos a
quienes queremos? Estas son las preguntas clave que debemos hacernos cada día,
y de que sepamos responderlas y de nuestro compromiso con ellas, dependerá
nuestra capacidad para emprender la acción.
Ha llegado el momento
de comprender el poder de las decisiones, individuales y conjuntas, para
configurar el destino de nuestra comunidad y del mundo. Y eso no depende
ni dependerá de ningún partido, rojo, blanco o azul, sino de nuestras creencias
básicas, de nuestros valores y de nuestra identidad. Si no entendemos esto, no
hay salida.
