Estuve escuchando en algunos momentos a Rajoy durante su
patética intervención parlamentaria del 11 de julio explicativa de las medidas
que el gobierno ha tomado como consecuencia del memorándum impuesto por la
Unión Europea a cambio del rescate bancario. Dediqué esos instantes de atención
a Rajoy, no porque me interesara conocer qué iba a decir, que eso ya lo intuía,
sino para analizar su lenguaje no verbal, el que de verdad permite conocer el
estado emocional de las personas cuando comunican.
La imagen de Rajoy era la de una persona quebrada,
superada por la situación y que está viviendo un profundo conflicto, fruto de su
propia incongruencia.
Típico producto de este sistema que nos ha hundido en la
miseria, Rajoy dejó claro ese día que, pese a las promesas hechas a los
electores, sus prioridades no iban por defender los derechos ciudadanos, sino
los intereses de los mayores responsables del desastre: el sistema financiero y
la casta instalada en la estructura político-partidista. Por tanto, su decisión
era evidente: el rescate de los que de forma irresponsable han fomentado este
endeudamiento público y privado que no podremos afrontar, lo pagarán los
contribuyentes. Funcionarios, pensionistas, parados, pequeños empresarios,
autónomos, van a tener que cargar con esta factura, sin saber porqué y sin que
ningún político ni financiero haya asumido su responsabilidad en todo este
dislate.
Y lo peor es que todo esto no servirá para nada. Parece que ni los altos cargos del PP creen
que este ajuste sea suficiente, por lo que los mercados, insaciables, no lo
avalarán; subirá la prima de riesgo y el bono español a diez años se tensará
más aún, quedaremos excluidos del mercado de deuda soberana y habremos de
entrar en un rescate completo.
Parece obvio que la deuda no la podemos pagar, y nuestros
bancos son insolventes. Los mercados lo saben, ya que con las medidas adoptadas
al sistema bancario no se le sanea ni se le reconvierte de verdad, ni tampoco
se reestructura la deuda.
Y mientras Rajoy decide que sean los ciudadanos los
únicos que paguen el rescate, no se toma ninguna medida dirigida a reformar la
estructura institucional, ni a reformar los monopolios, los fraudes
financieros, los abusos que permitieron la burbuja o los partidos políticos,
auténtico cáncer del sistema. Los partidos se han cargado la justicia, el
parlamentarismo, las cajas de ahorro; han copado todas las instituciones,
sobredimensionando sus costes y anulando cualquier asomo de funcionamiento
democrático tanto en ellas como en sus propios mecanismos internos. En resumen,
se han cargado la democracia, porque el mal funcionamiento de las instituciones
y los gobiernos es fiel reflejo de la perversa cultura política que impera en
ellos, y que propicia que sean los más mediocres quienes, en muchos casos, acaben llegando a los
puestos clave.
Rajoy ha demostrado ser un auténtico inútil, o lo que es
peor aún, un inconsciente que se limita a hacer lo que le obligan a hacer sin
saber porqué lo hace. Matizo, sí sabe una cosa: que no va a poner en riesgo los
intereses de quienes tienen el poder económico y financiero. En parte por
dogmatismo ideológico y en parte porque no tiene la capacidad para resistirse a
las presiones de ese poder.
Es una vergüenza insoportable que se proteja a quienes
han cometido tantos desmanes y se exija a los ciudadanos que asuman el
sacrificio de la reparación; sin proceder antes por ejemplo a un análisis del
gasto público, ver a qué se destina y si es eficiente, sobre todo aquello que
se destina a mantener la estructura política.
Aquí se ha ido a lo fácil, a atacar a la parte más débil,
la que supone menor coste político porque no tiene resortes para protestar. Las
familias ven reducidos sus ingresos por la crisis pero las deudas que exigen
pagos mensuales permanecen, y las medidas anunciadas agravarán aún más la
economía, ya que deprimirán la demanda, cerrarán más empresas y el desempleo
seguirá creciendo. La deuda no la podremos pagar si no crecemos, y si seguimos
en esta espiral depresiva los ingresos públicos disminuirán más y la morosidad
aumentará.
Lo más urgente es atajar un desempleo (especialmente
juvenil) escandaloso y recuperar el tejido productivo. Recientemente se ha
conocido una cifra pavorosa: en este momento las familias que en España viven
por debajo del umbral de pobreza son ya el 26,5%, más que en Grecia.
Se humilla continuamente a los ciudadanos con medidas que
además son contradictorias con las promesas bajo las que este gobierno se
presentó ante ellos. Nos toman por siervos, a los que no hace falta consultar
acerca de decisiones que afectan a nuestras vidas de manera esencial.
Es esta una economía inhumana, en la que se valora más el
dinero que a las personas, y en la que los burócratas que nos dirigen son
insensibles a las desigualdades sociales y al impacto que las medidas que están
tomando tendrán sobre las futuras generaciones. La democracia es pura fachada
en un país sin liderazgo y sin rumbo, en el que quienes nos dirigen hacen lo
contrario de lo que dijeron que harían porque las cosas son distintas a como
pensaron que eran.
La peor generación de políticos de nuestra historia a
izquierda y derecha, llena de incultura y de soberbia, iniciada posiblemente
con Aznar, ha puesto las bases de este escenario de miseria moral y económica,
del que tardaremos largo tiempo en salir.
Y ni siquiera en este crítico momento han sido capaces de
asumir la responsabilidad y tener un último gesto de gallardía, aparcando sus
espurios intereses para poder llegar a un gran acuerdo en lo esencial, que son
tres cosas: la reforma de la educación, la definición de un nuevo modelo
productivo, y abordar unidos la reforma del modelo político y de la estructura
administrativa e institucional. Más que nada para evitar tanto sufrimiento a
una población sin esperanza, con una clase media empobrecida, con una de cada
cuatro ciudadanos sin trabajo y más de un millón de familias sin ningún
ingreso.
“No hay más remedio, no hay alternativa, me han
obligado”, dice este personaje de pacotilla que tenemos al frente del gobierno.
¿Dónde quedan los líderes de antaño, dispuestos a asumir con coraje el coste de
querer cambiar el destino de las naciones en bien de sus ciudadanos? Algún día
la historia habrá de pasar factura a toda esta pléyade incompetente y corrupta
convertida en casta incapaz de compartir sacrificios con su pueblo.
Lo que llama la atención es que la sociedad esté tan
contenida en sus protestas. ¿Es la nuestra una sociedad sin pulso? Eso parece,
aunque de vez en cuando se dan señales esperanzadoras, como la reciente
protesta de los mineros y la reacción social que la ha acompañado. Pero estamos
lejos aún de que cada uno de nosotros asuma la responsabilidad que nos toca
para ser capaces de decidir nuestro destino.
Estamos en momentos de miedo e incertidumbre, pero lo deben
ser también de crecimiento y evolución. La política, sobre todo esta del parche
y la componenda, se ha mostrado insuficiente para asegurar el progreso. Se hace
urgente que a nivel personal tomemos decisiones, que definamos de forma clara
los valores y principios que queremos que rijan nuestras vidas para darles un
mayor significado, e intentar de esa manera ser parte de la solución y no del
problema en lo que nos ocurre, convirtiéndonos en una influencia positiva para
nuestro entorno y para la sociedad entera. Todo menos mostrarnos indiferentes;
tan importante es lo que nos jugamos.
Ello exige cambios políticos, económicos, financieros… Pero
si queremos cambiar de verdad este sistema hemos de abordar primero nuestro
propio cambio, y no limitarnos a exigir que lo hagan los gobiernos para seguir
nosotros igual. Al fin y al cabo, la historia de la humanidad es, sobre todo,
lo que ha ocurrido gracias a las gentes corrientes que han sido capaces de
comprometerse y actuar con causas más allá de ellas mismas para acabar
representando una diferencia para la sociedad entera. Es decir, el futuro
depende de nuestra capacidad de cambiar nuestro comportamiento y llevar a cabo
acciones que, partiendo de nuestros valores y creencias más profundos,
contribuyan a la mejora del mundo.
Como decía John Wooden, “No se puede vivir un día
perfecto sin hacer algo por alguien que jamás podrá pagártelo”. Sólo con este
criterio recobraremos el pulso como sociedad.