Cuando Franco murió tenía
quince años. Recuerdo muy bien, siento casi físicamente, la ilusión que se
apoderó de amplias capas de la población, la esperanza que despertó la nueva
etapa que se abría entonces y que podía permitirnos conseguir un futuro mejor y
más digno. El país se sentía capaz y preparado para ello, y hubo un aval mayoritario
a los nuevos representantes políticos y a las instituciones que se generaron a
partir de 1977 para que nos representaran.
¿Qué ha pasado para que, en este momento, la gran mayoría de los ciudadanos y sobre todo los jóvenes, no
se sientan representados por los políticos, para que éstos no gocen de ninguna
credibilidad?
Muy sencillo, el sistema
ha generado una casta política que, salvo honrosas excepciones, ha pasado a
ocuparse no de los asuntos de todos, sino de su propio interés. En la imprescindible obra “L’Esperit de la
Política”, Raimon Panikkar reflexiona acerca de que la política debe transformarse desde el arte o la ciencia de gestionar
al de vivir la plenitud de todo ser humano.
Pero el sistema,
poderoso, se ha deshumanizado, generando una metástasis de corrupción y comportamiento gansteril. Sin embargo, como
opina Panikkar, la vida de las sociedades
no puede ser mantenida por la fuerza, y el Contrato Social ha de ser
voluntario.
El poder es siempre
consentido. Si dejamos de consentirlo caerá. Personalmente pienso que no es
sostenible que la gente no reaccione ante el actual estado de cosas. En
términos humanos, el gran fracaso de este sistema que nos rige tiene que ver
con la creencia de que detrás de cada conducta “correcta” tiene que haber una justificación
en términos de beneficio, de crecimiento, de productividad, de rédito
electoral. Cuando en cambio la buena conducta es un bien en sí misma, y la bondad, la cooperación,
la solidaridad, son nuestra verdadera expresión.
Los políticos, los
gestores en general, han olvidado que los
equipos tienen un alma, y que hay que contar con ella. Lo contrario es
desconocer la naturaleza humana. Y eso nos aboca a una bancarrota total de
recursos, culturas y valores. El sistema
ha pretendido definir nuestra identidad a través del filtro de la razón
racionalista, obviando otros estados de conciencia más elevados y destruyendo
nuestro espíritu, lo que nos ha llevado a tomar decisiones desde una perspectiva
limitada, equivocando las prioridades y sin asumir la responsabilidad. Es
decir, hemos ido en sentido contrario a lo que necesitábamos desde un sentido
evolutivo.
El gran obstáculo es
siempre el comportamiento, de los políticos en este caso, basado en un modelo
mental que conviene cambiar, porque
tiene una serie de ideas fijas acerca de cómo funciona el mundo, acerca de cómo
se hacen las cosas y cómo debemos relacionarnos, que se han demostrado
equivocadas a raíz de los recientes descubrimientos científicos. Por algo decía
Louis Pauwels en mayo del 68, en las escalinatas del Odeón de París, que para cambiar las estructuras sociales hace
falta algo más que una revolución, es necesario cambiar las estructuras
mentales.
Este cambio mental debe
comprender a la vez una adquisición de conciencia sobre nuestra verdadera
naturaleza como individuos y sobre nuestro papel en el mundo; pero también una
decisión de emanciparnos de este sistema que nos esclaviza, de una manera
conciliadora eso sí, pero firme.
(Un petit homenatge per a Moustaki, que s'emporta amb ell tants somnis i anhels, home lliure pensador que reivindicava en cada cançó el millor del que significa la humanitat)
